Los Senderos de la Gloria no conducen sino a la Tumba

«Senderos de gloria»: la insoportable verdad bajo las ruinas

por Ramón González Correales

«No permitáis que la ambición se burle del esfuerzo útil de ellos / De sus sencillas alegrías y oscuro destino / Ni que la grandeza escuche, con desdeñosa sonrisa / los cortos y sencillos hechos de los pobres. / El alarde de la heráldica, la pompa del poder y todo el esplendor, toda la abundancia que da, / espera igual que lo hace la hora inevitable. / «

Thomas Gray

Tomar la «colina de las hormigas» a cualquier precio, «aplanar la linea de la curva» cuanto antes, enfrentarse al enemigo invisible que se ha rebelado cruel y despiadado, que nos ha cogido por sorpresa, que ha desencadenado una guerra todavía en curso en la que hay muertos y heridos, donde nadie está a salvo pero unos más que otros, donde todavía quedan muchas colinas que en el horizonte, muchas curvas que aplanar haciendo lo que haga falta, con todas las armas, incluso con las que no se tienen y se dice que se tienen, con las que se desconocen sus efectos, con las que puedan inventarse. El imperativo de resistir desde las trincheras, donde conviven soldados por momentos obnubilados o lúcidos, cobardes o intrépidos, con motivaciones propias o que se dejan llevar por la corriente, dispuestos a sobrevivir a cualquier precio o a morir por la causa, con mucho oficio o recien llegados, anegados de idealismo o de derrota, sorprendidos por el desconocido en que se han convertido, quizá muy lejos de lo que creían ser, cuando todavía no se acaban de creer lo que les ocurre.  

La vida en las trincheras que contó Ernst Jünger en «Tempestades de acero«, tan similar en cada bando, tan larga, habitada de alcohol y cigarrillos, de soledad, aburrimiento y nostalgia, de heroísmo y miseria, de un miedo torvo que tiznaba a cada uno a su manera. Donde paradójicamente algunos disfrutaban de «aquellas imágenes grandiosas y sangrientas» y donde, a veces, emergía, como del huevo de una serpiente, «una jovialidad salvaje, inesperada» que fructificó de nuevo, de forma terrible, solo años más tarde. Las trincheras donde sobrevivían los soldados del coronel Dax (Kirk Douglas), un oficial cabal ya algo quebrado por la realidad de la guerra, por todo lo que ya le había ocurrido y lo que ahora le esperaba.

Lo que se decide en los castillos como en el que vive gente como el general Mireau (George Macready) que admite que sólo pretende crear un grato ambiente de trabajo, o el general de Estado Mayor Broulard (Adolphe Menjou), alguien que sabe halagar y convencer, que solo susurra en insinua suavemente premios o castigos desde la altura de su Estado Mayor. Lo que se dice defender y lo que se defiende llegado el momento, el precio de cada uno a las presiones que siempre existen. La información que solo ellos tienen y que determina la ventaja, la propaganda con la que luego se envolverá todo. Las conversaciones que siempre tienen que imaginarse porque son opacas, se olvidan, pueden negarse, aunque podrían haber sido las adecuadas para el momento y quizá otros luego inventan para conspirar. Lo que pasó en Febrero antes de aquellas manifestaciones, la información que realmente tenían, el material que nadie mandó comprar a tiempo, aquello a lo que no se atrevieron o a lo que sí se arriesgaron.

La colina de las hormigas que era imposible tomar de esa manera, a pesar del ardor guerrero que el general creía tener, de sus falsos gestos de camaradería con los soldados, de su bravuconería de pacotilla. Las tensiones en las trincheras de aquellos tres soldados y el teniente que luego se convierten en el eje de la película. Gente que se conoce de antes pero que puede estar separada por galones que permiten un abismo de poder y mentira, al margen de las cualidades o el valor, de lo que realmente ocurre, que siempre puede negarse o escribir de otra manera. Soldados a los que da tiempo a pensar (en una secuencia memorable) qué forma de morir les da más miedo, con qué arma sufrirñian más o, sobre todo, la forma de caer heridos para entrar luego en una terrible agonía que saben que será interminable. Soldados que preferirían una muerte limpia y rápida, como quien se desploma en el sueño para descansar para siempre. El sentido de la acción, la moral, la traición, la solidaridad en medio de todo ese barro, como juegos solitarios que facilmente se disuelven como el humo de los cigarrillos. Los fríos cálculos de lo que se presagia una derrota que solo merece la pena por lo que se juega más arriba donde todo se reduce a cifras. Aquel diálogo memorable entre el general Mirabeau y el coronel Dax:

C.- ¿Conoce usted el estado de mis hombres?

G.- Sí, naturalmente tendrán que morir algunos, muchos posiblemente…

C.- ¿Ha calculado el porcentaje de bajas?

G.- Sí, digamos que un 5% morirá en el primer envite, un cálculo muy generoso, otro 10% morirá en tierra de nadie y un 20% en las alambradas. Nos queda el 65% y con lo peor ya hecho. Pongamos que caiga otro 25% en la cumbre de la colina, aún continuaríamos con una fuerza más que suficiente para defenderla.

C.- ¿Está diciendo que más de la mitad de mis hombres ha de morir?

G.- Sí, es un precio terrible, coronel, pero tendremos la Colina.

C.- ¿La tendremos, señor?

G.- ¡Yo dependo de usted! ¡Toda Francia depende de usted!

C.- No soy un toro, general, no me ponga la bandera de Francia delante para que envista.

G.- ¡No compare la bandera de Francia con un capote de torero!

C.- No he querido ser irrespetuoso con nuestra bandera, señor.

G.- Quizás esté anticuada la idea de patriotismo, pero donde hay un patriota hay un hombre honrado…

C.- No todos opinan así, el doctor Johnson decía algo muy distinto del patriotismo.

G.- ¿Y se puede saber lo que decía?… ¿Quién era ese hombre?

C.- Samuel Johnson, señor.

G.- ¿Y qué tenía que decir ese tipo sobre el patriotismo?

C.- Dijo que era el último refugio de los canallas.

El juicio amañado en una comida muy elegante donde se ponen las cartas boca arriba entre sonrisas y elusiones de los tres oficiales. Para mantener la disciplina hay que fusilar de vez en cuando, no a demasiados, solo a algunos, no importa que sean culpables siempre lo son de alguna manera. Lo que importa es la representación y, sobre todo, ocultar los propios errores. El general Mireau, que había ordenado bombardear las posiciones de sus propios hombres ante la impotencia de su falta de avance, ahora quiere juzgarlos por cobardía y parece a punto de conseguirlo. El coronel Dax lucha: ¿Por qué no fusila a todo el regimiento?, si quiere dar ejemplo fusilemé a mí. Al final, por sugerencia del general Broulard, tiene que transigir: solo a tres, elegidos al azar, aplastados e incredulos en medio de la gran sala donde no tienen salida. El recuerdo del affair Dreyfus, de «El proceso» de Kafka. Los condenados en su celda la última noche, tratando de ser convencidos por el cura de que es la voluntad de dios. El valor que se hace trizas ante la muerte sin sentido. Ya no solo el miedo a cómo morir sino simplemente a morir y a mirar, solo dentro de un rato, los frios ojos de la muerte ante la que se saben solos. El peso del destino que en ciertas ocasiones se hace más nítido. ¿Porque a mí?¿por qué yo en el hospital o en la UCI, si no tenía factores de riesgo, si corría todas las tardes, si era jóven, si no me arriesgué, si nunca quise venir a una Residencia, si me moví por donde lo hacían mis compañeros que siguen en casa?

«Los hombres murieron maravillosamente» refiere el general Mireau en otra reunión de los tres cuando cree haber salido del atolladero e ignora que se engaña. Porque siempre hay un hombre justo (cuánto nos gustaría creerlo) que no cumple una orden arbitraria, aunque se juegue la vida. El capitan de artilleria Rousseau (John Stein) capaz de demostrar lo que siempre puede hacerse a pesar de los riesgos y de las presiones. Los que detectan el momento justo donde no se puede transigir y donde son conscientes de poseer el poder suficiente para plantarse. Brulard que deja caer al peón que utilizó suponiendo que Dax comparte las reglas del juego. El portazo que ocurrió en aquella habitación, que no vió nadie más, que quiza solo sirva para que todo permanezca igual. El relato final de todo aquello en el aire, de todo esto que ocurre ahora y que no conocemos verdaderamente hasta que se concrete en el que escriban los vencedores. La esperanza que vaga en el aire como la canción de aquella chica alemana (Christiane Kubrick) que trae los ecos de la belleza de los tiempos de paz a los embrutecidos soldados que pronto caminarán de nuevo hacia los senderos de gloria de la muerte.

Stanley KubrickCalder Willingham Jim Thompson hicieron la adaptacion de la novela de Humphrey Cobb en 1957, basada en hechos reales ocurridos en la primera guerra mundial. El guión fue rechazado por varios estudios hasta que Kirk Douglas lo impulsó y consiguió que lo produjera United Artist aunque con un bajo presupuesto. Fue un éxito de crítica y catapultó el prestigio del director, que entonces tenía 28 años, pero resultó muy incómoda para algunos países de Europa. No fue estrenada en Francia hasta 1975 y en España hasta 1986. Se ha convertido en una película antimilitarista de culto. Y quizá pueda enseñarnos algo en otra forma de guerra que estamos viviendo.

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